Echo un vistazo a mi vida, y me doy cuenta que siempre he estado peleando y luchando por conseguir aquello que he tenido lejos de mí. Está claro que el secreto de la felicidad es saber apreciar lo que uno tiene, sin ponerse más objetivo que el vivir día a día, sin remordimientos. Eso es lo que dicen, lo que cuentan. Pero no va conmigo, y si va, no se hacerlo, y si se, probablemente no quiera hacerlo. Siempre con objetivos, con anhelos, con deseos. El ánimo de uno se consume, gradualmente, y se va dando cuenta de que se hace mayor cuando observa cómo cada vez le cuesta más seguir la lucha diaria, superar las frustraciones, imponerse nuevos objetivos, saltar los obstáculos qu no cesan de ponernos delante. ¿Y todo para qué? Porque si no hay nada tras de esta vida, de verdad que entran ganas de dejar la lucha y empezar a vivir, y a disfrutar, y a no dejar que te avasallen.
Que felicidad ver que todo lo malo sólo ha ocurrido en un sueño, y despertar del mismo, y ver que la realidad sólo es lo bueno que te ha pasado en la vida. ¿Será eso el cielo?